LA ESPERA DE BANQUO - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"
Adoro ver a mi hijo descansar en paz iluminado por la luz del fuego, yace en su aposento arropado por las mejores creaciones de los telares del norte del país, inmerso en un mundo de sueños incorruptibles. Ajeno a todo el mal que embrutece el mundo duerme tranquilo, sabedor de que su padre invencible velará por él siempre.

Cree que soy un héroe como los de las leyendas celtas. Un guerrero que trascenderá el tiempo. Sin embargo, no puedo protegerlo. Mi vida no será suficiente para aplacar la ira de ese desgraciado traidor. Vendrá por él con todo su ejército si es necesario, porque sabe que presentaré resistencia.
Soy consciente de mi devenir desde el instante en el que encontramos aquellas arpías, ancianas decrépitas en el campo de batalla. Expulsaron su putrefacto veneno en forma de premonición trazando en el destino mi futuro y el de mi descendencia.
Sus voces, reminiscencias del infierno en mis oídos, fueron aceptadas como regalo de dioses en los del hombre corrupto y avaricioso. Lo vi en sus ojos, sintió gozo y esperanza al ver trazado ante él el camino a seguir para llegar al poder. Débil es la integridad humana. El hombre ambicioso, mi amigo, dirige sobre mí el acero de la traición ante una promesa de reinado.
De una forma u otra Macbeth llegará a mí para llevarse la vida de mi hijo. Es su único obstáculo hacia el trono, y no dudará en arrancar la vida del niño para triunfar. Será rey en la Tierra y esclavo en el infierno, porque su alma está sentenciada desde que la idea de sacrificio germinó en su maquiavélica mente.
Adoro ver a mi hijo descansar en paz, inconsciente del profundo miedo que atormenta a su padre. Estoy aterrorizado. La muerte es una certeza que acepté hace muchas guerras, no me inquieta. Lo que temo es la idea de que ese malnacido se lleve la vida de mi hijo antes que la mía. Lo que me horroriza es la posibilidad de que sufra dolor o vejación. Su vida es demasiado pura para verla marchar de forma innoble.
Soy Banquo, general del ejército del legítimo Rey de Escocia, padre de un inocente sentenciado, y juro, que a lomos de un corcel de venganza, perseguiré el alma marchita de nuestro asesino más allá del abismo.
Adoro verlo descansar, me transmite su paz y serenidad.
Oigo pasos subiendo por la escalinata. El cobarde no se ha dignado a venir. El acero de mi espada es frío, mi pulso rápido, como cuando en la mañana de mi primera batalla tenía toda una vida por abandonar.
Seudónimo Laguar
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