NI UNA PALABRA DE LA PISTOLA - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"
Rafael Bonamassa
Juanjo pensaba que hubiese sido mejor no haber visto al vecino guardar en casa aquella bolsa de basura llena de billetes saliéndose por los bordes. Volvió a pensarlo, pero preguntándoselo. Aunque tenía sabor a sangre, aún no estaba todo perdido.

Cuando supo que estaban juntos, Sito comenzó a mezclar el whisky con el demonio. Una mañana después de una juerga que no pudo pagar, compró la cámara de vídeo. Mil euros largos, costó la fiesta en La Fragua, un chiringuito junto al río que olía a peces fritos y a anís. Roque, el dueño, era un mafioso de ribera venido a más con el que Sito ansiaba trabajar, e invitó para impresionarle. La borrachera le hizo pensar que podría pagar con algún trabajo para el Corleone fluvial. Pero a Roque le gustaban las impresiones en efectivo. Sito miró la factura, ya conseguiría el dinero, lo primero era la ira. Cámara, whisky y ningún guión para la película de Valeria y su nuevo novio.
Para Juanjo fue fácil robar la bolsa de dinero semanal de su vecino. Le siguió, no adoptaba ninguna precaución: Salía de un portal y tiraba la bolsa dentro de una furgoneta. Juanjo dudó en hacerlo, por el origen del dinero, y decidió no pensar en ello. Agricultor jubilado, alquilaba pisos para estudiantes, drogas o prostitución. Actuaría con sutileza. Esperó dentro de la furgoneta, abierta, el hombre tiró el dinero dentro, Juanjo cogió la bolsa y se largó. El vecino ni se enteró. Nadie vio nada y nadie denunciaría.
Eso mismo pensó Sito al cerrar el visor de su cámara. Cuando amplió la imagen y vio que de la bolsa se caían dos billetes de veinte, no lo podía creer. Roque no diría que no. Increíble, pensó también Juanjo, ciento setenta mil euros. Debía ser cauto. Todo tranquilo en el pueblo, hasta que Sito le metió a punta de pistola en un coche. De camino a La Fragua, junto a Roque, vio la grabación.
Y allí estaba, sentado junto al río, saboreando su sangre y negando tener ningún dinero después del segundo puñetazo, cuando vio que se acercaba una mujer con algo en la mano. Valeria con la bolsa de plástico. Paró frente a ellos, se la ofreció, y cuando se acercaron les pegó dos tiros a cada uno. Lanzó la pistola al río y alargó su mano para ayudarme a levantar. Me dijo que encontró la bolsa bajo la cama, que me llevaba vigilando todo el día, que vio como me metían en el coche y que unos universitarios habían matado al vecino. Ni una palabra de la pistola.
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