lunes, 24 de julio de 2017

XVIII Concurso Andaluz de Jóvenes Flamencos 2017 - Fin de Fiesta

Fin de fiesta con los concursante, Lucas Benítez, Ángel Flores, Juan J. Leon, Nicolas Ramos y Laura Román, en la semifinal del XVIII Concurso Andaluz de Jóvenes Flamencos 2017 – modalidad de Guitarra.


Organizado por la Federación Provincial de Sevilla de Entidades Flamencas, el XVIII Concurso Andaluz de Jóvenes Flamencos ha contado con la inscripción de 47 jóvenes para las distintas modalidades, 14 para el cante, 9 para la guitarra y 24 al baile. 


Para la semifinal en la modalidad de guitarra se han clasificado 4 concursantes Lucas Abel Benítez Carrasco, Ángel Flores Trujillo, Juan José León Canalejo y Nicolás Ramos Martín.
Pasando a la final: 
Lucas Abel Benítez Carrasco
Juan José León Canalejo 

 Los concursantes están obligados a realizar dos toques, uno  de solista y otro de acompañamiento, estando acompañados por la cantaora Laura Román
En esta semifinal se clasificaran dos participantes que pasaran a la gran final que se celebrara el día 4 de junio en Mairena del Alcor.

El jurado está compuesto por Luis Puich y José María Rodríguez
Premios
Modalidad Guitarra
1º Clasificado
Premio Fundación Cruzcampo  dotado con  500 Euros.
Premio Federación, consistente en 4 recitales a 250 Euros c/u., realizándose en  las Peñas Flamencas Federadas que designe la Federación,  acompañando al 1º premio de cante.
Actuación en el  XIV Festival de Jóvenes Flamencos a realizar en Junio de 2017.
Inclusión en la lista de contratación de la Diputación Provincial de Sevilla del año 2018, acompañando al 1º premio de cante.
Actuación con los otros dos ganadores en un espectáculo organizado por Fundación Cajasol.
50% Beca de Estudio de Guitarra de la Fundación Cristina Heeren (**).
2º Clasificado
Premio Fundación Cruzcampo  dotado con 600 Euros.


POLICÍA POETA - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

POLICÍA POETA

Descubrí la clave en el último verso del haiku:

Que no me pesen
dame besos molidos
en piedra tierna
Empecé a cavar como un poseso, sin obedecer otra orden que la del instinto. Mi cuerpo se estremecía y los pulsos, completamente fuera de sus cauces, me decían que iba en la buena dirección. Las uñas embarradas le daban un peso extra a mis manos pero no tenía otra herramienta mejor y seguí escarbando porque tenía que encontrarle.

Tanto tiempo tras su pista y ahora sólo unos metros de tierra me separaban de él. Podía olerlo, incluso imaginar cómo le habrían colocado en su último momento. Un esfuerzo más y alcancé su hermoso fémur. Largo y recto, todavía entero. Mis ojos brillaban de alegría, ahora buscaría el resto del cuerpo, pero con más calma, antes el sargento me habrá de limpiar las babas para no contaminar la escena del crimen.

¡Quién dijo que los perros policía no leemos poesía!



SEUDÓNIMO:

BRISCA

La mano del muerto - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

La mano del muerto

Por Aminoplácido 



La partida de póquer se decantaba a su favor. Vito era bueno, sabía esconder los tics tanto que ni la voz le temblaba al apostar. Solía hacerlo fuerte a primeras de cambio, dejando atrás a los que titubeaban y leyendo las caras de los adversarios con buenas cartas. Yo pasé esa vez, mi trío de seises no era suficiente para sostener el monto de dinero en el centro de la mesa. Vito, como de costumbre, había empezado doblando la apuesta. El portugués, que se sentaba a su derecha, le mató con la mirada, de hecho le hubiera matado de verdad si hubiera podido porque se estaba arruinando. Sólo Mario le sostuvo la apuesta al delgado y pálido Vito de Calabria. Mario, que contrastaba por tener la cara redonda y un cuerpo grueso embutido en un estrecho traje de mil pavos, se mostraba contento, debía llevar buena mano. Pero a Vito no le importaba y continuaba sereno, sin siquiera pestañear. Paseó su mirada, fría y sin vida, entre los asistentes antes de arrastrar todo el dinero de su lado al centro de la mesa, en una apuesta enorme. Era demasiado incluso para Vito, por lo que yo sabía de él, y no era mucho, también solía retirarse a tiempo.
Vi una gota de sudor caer por la sien de Mario en el momento en el que calculaba el dinero que se jugaba. Luego miró sus cartas. Dudó mucho antes de tomar una decisión. Cogió todo el dinero que tenía en su lado y algo más que sacó de su bolsillo para igualar la apuesta de Vito. Lo hizo con una expresión de ira en el rostro. O ganaba o ganaba, no perdería esa mano y nosotros lo sabíamos. Vito también debía saberlo. Las malas lenguas decían que Mario había matado a un hombre, y si alguien lo mencionaba, él se reía y aseguraba que habían sido cinco. Te lo podías tomar a broma, pero no era muy aconsejable llevarle la contraria a ese tipo. Mucho menos desplumarlo delante de sus amigos. Y lo hizo. ¡Vaya si lo hizo! Con una escalera de color contra la que nada podía hacer el full de reyes y sietes de Mario. Y pasó lo que tenía que pasar. Arrojó la mesa al suelo y desenfundó su arma, un pequeño revólver. Pero las sirenas sonaban, alguien había avisado a la pasma. Durante el segundo de confusión y miedo, desenfundé la mía y abrí fuego contra Vito. El larguirucho y pálido Vito cayó de espaldas envuelto en la nube de pólvora de mi viejo Remington. Mario me miró asombrado justo antes de salir por patas. Él y todos se escaparon, menos yo. Recogí todo el dinero de la mesa sin preocuparme de la sirena. ¿Por qué iba a preocuparme si fui yo quién la instaló la noche de antes? Luego me agaché hasta donde yacía Vito.
—¿Se han ido ya? —me dijo.
—Como alma que se lleva el diablo —le contesté.

Mortimer - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

Mortimer
Por Aminoplácido
 



Mortimer se sentó en la camilla, metió la mano en su bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos. Me ofreció uno pero lo rechacé. Mientras lo encendía me miró de arriba a abajo detrás de la gruesa montura de gafas. Parecía que le gustaba lo que veía, una doctora de treinta y pocos que se cuidaba y que, además, le estaba prestando toda la atención. Mortimer no era un ligón, pero tampoco se amedrentaba ante la presencia de una mujer bonita. Intentó ser considerado al expulsar el humo hacia un lado.
—¿Cómo ha terminado en este lugar? —Le preguntó la doctora.
El hombre se encogió de hombros.
—La mala suerte, supongo.
—Tiene usted una herida muy fea detrás de la cabeza.
Mortimer se llevó la mano donde la doctora le señalaba. Al volverse dejó al descubierto una herida abierta y ensangrentada en el occipital.
—Ahora que lo dice, recuerdo que alguien me golpeó por la espalda. Era diestro, más o menos de alto como yo, y bastante fuerte. Un hombre, casi estoy seguro de ello. Se llevó mi reloj —y le enseñó la muñeca en la que se veía la marca de haberlo llevado puesto mucho tiempo—, pero conservo mi cartera y el dinero. ¿No es eso raro? Tampoco es que yo sea de llevar objetos caros. Mi ropa es normal, zapatos de mercadillo, ningún ladrón esperaría sacarme mucho partido.
—¿Recuerda usted lo que estaba haciendo antes de ser asaltado?
—Es una pregunta difícil. Lo más que puedo decirle es que estuve cenando en un restaurante chino media hora antes. Comí rollitos de primavera y cerdo agridulce acompañado de arroz blanco. La salsa era casera, con mucha miel y limón. De postre plátano flameado.
La doctora le señaló los zapatos.
—¿Y ese polvo blanco?
—Arcilla seca —contestó Mortimer—. Y es raro, porque en la calle por la que estaba había asfalto. No sé dónde pisé tierra, pero mire, hay una hoja pegada a la suela.
La puerta se abrió de golpe y un hombre trajeado entró sin pedir permiso. Fue directo hacia la doctora quien, en ese momento, estaba examinando la hoja al microscopio.
—¿Qué tenemos? —preguntó el hombre.
La mujer esbozó media sonrisa y le entregó el informe.
—Morti se ha portado bien, me ha hablado de muchas cosas. Lo más relevante es que movieron su cuerpo a otro lugar. No le mataron en la calle, sino en un descampado cercano a un restaurante chino y donde hay árboles de eucalipto.
El hombre miró extrañado a la doctora. Detrás de ella, en la camilla, yacía el cuerpo sin vida de la víctima.
—No te imaginas el mal rollo que siento cuando dices que te hablan los muertos.

domingo, 23 de julio de 2017

Chocolate - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

Chocolate
por:


Frau Rojas

Anna, que no se llamaba así, necesitó siete años y mucha caridad para curar los latigazos de su niñez. La maliense, que logró huir de la esclavitud, había llegado a Alemania bajo el velo de la clandestinidad en busca de la redención.
La mitad de su misión en la vida ya estaba hecha, tal y como se lo repetía el Pastor cuando le arrebataba la navaja con la que constantemente intentaba cortarse las venas; la otra mitad sería fácil de cumplir, pues la debilidad del director de la firma de chocolates M eran las mujeres negras.

Aquello lo sabía porque él visitaba con frecuencia los plantíos de Costa de Marfil, donde ella trabajaba a cambio de comida, para supervisar a los trabajadores —en su mayoría niños— y más de cerca a las niñas que arrastraba hasta su oficina donde, luego de una sarta de latigazos, las sometía y silenciaba entre sus toscas pero bien cuidadas manos blancas. Mariam, Mariam, eres muy bonita.

La noche del encuentro fue planeada y repasada no desde la cabeza, sino desde las entrañas de Anna.

—¿De dónde eres?
—De Malí pero vivía en Costa de Marfil
—Costa de Marfil, vaya coincidencia, yo viajo mucho allá. Un lugar maravilloso
— No más que éste.

Con descaro, el viejo miraba el escote de la edecán intentando exagerar su intención de acostarse con ella. La propuesta llegó más rápido de lo esperado. Una noche, dos mil euros.

El viejo olía a chocolate como si lo sudara. Ella cerró los ojos intentando no mirar al viejo visión que la penetraba también con la mirada, pero fue peor. Esos gemidos que conoció a sus doce años, y que no la dejaron dormir por muchas noches, la transportaron a la oficina donde el único testigo de los abusos era el ventilador que pendía del techo.

Anna se tuvo que dar una ducha para normalizar su respiración. El viejo roncaba. Era tiempo de consumar su misión. Se acercó a la cama. El silenciador activado. El olor a chocolate le impedía pensar claro. El viejo abrió los ojos, también tenía una pistola. Se apuntaron.

— Tú no te llamas Anna
— Ese es mi nombre
— Mariam, Mariam, ¿Dónde estuviste todos estos años?

Que no te tiente el demonio, haz lo que tengas que hacer y no lo lo escuches: tú tienes una misión en la vida, escuchó con la voz del Pastor. Anna se quitó la máscara de edecán y detonó el arma.

Un golpe de sonido. Fin.

Antes de morirse, ella pudo sonreír. El fuego cruzado los tomó por sorpresa; ella, tan joven, pensó que la vida le había quedado holgada; él, tan viejo, pensó que todavía le quedaron muchas cosas por hacer.

Se hicieron muchos homenajes dedicados al empresario y filántropo impulsor de muchas obras de beneficencia a favor de los niños de África. La inmigrante ilegal de religión musulmana recibió un último latigazo en los diarios, con tinta de chocolate y sangre, al ser nombrada Anna, la asesina.

Azul y Rojo - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

Azul y Rojo

Vicent Mcloud

Azul y rojo se repiten intermitentemente, reflejados sobre la superficie de un charco. El fogonazo de un flash, accionado por el disparador de una cámara fotográfica, impregna con su luminosidad instantánea y efímera la sangre que, con la ayuda de la lluvia, tiñe el asfalto.
Unos trazos de tinta discurren ordenadamente sobre una libreta, ajenos a su desgarrador contenido, portadores de un mensaje perturbador que invoca a una fuerza que se cierne sobre todo, no te equivocas, es la muerte lo que portan estas pocas palabras apuntadas con prisa y bajo la lluvia sobre un papel de poco gramaje, que permite que la presión que ejerce un bolígrafo deje pasar este mensaje que se queda grabado, invisible pero presente, sobre algunas de las hojas interiores de la libreta que sostiene el detective Andrés Sorrento.

Frías gotas de agua recorren la empapada espalda de Sorrento, que bajo la cobertura de un precario paraguas, que se bambolea con el viento, recorre sistemáticamente con la mirada el escenario del crimen, buscando alguna pista que pueda servirle de ayuda en su búsqueda. A su lado un corpulento médico forense tiene que gritar para hacerse oír por encima del ensordecedor estruendo producido por la tromba de agua que se intensifica por momentos, casi como si el agua buscase limpiar las huellas de aquel terrible suceso. Aquello no era bueno para Sorrento, que observaba como las gotas de lluvia repicaban incesantemente sobre el cadáver.

Al azul y el rojo de los coches de policía pronto se le unen el amarillo que desprenden las sirenas de las ambulancias, y las paredes de ladrillo, tan características del distrito centro de la ciudad, brillan inesperadamente con tonos dorados.

Las mojadas hojas se arrugan cuando Sorrento las aprieta con fuerza al cerrar la libreta, sus botas recorren pausadamente el lugar de los hechos, en su cabeza se barajan un buen puñado de teorías, todas ellas posibles, todas ellas descartables, todas ellas ficticias y todas ellas reales. En algunas faltan puntos clave y en otras es la imaginación lo que cuenta, en algunas quizás un criminal reciba castigo y, en todas ellas, una familia sufre con la inesperada muerte de un ser querido.

La cremallera no puede evitar anunciarse con su ruido particular cuando la bolsa para cadáveres se cierra. La acompaña el chirrido de unas gastadas ruedas que se desplazan con decisión hacia la parte trasera de una ambulancia y esta excéntrica sinfonía casi muda termina con los dos fuertes golpes de percusión que anuncian que la camilla se ha plegado para ser introducida en el vehículo.

Con los policías, el forense, el cadáver, los enfermeros, el detective y su libreta también se van el azul, el rojo y el amarillo intermitente. De nuevo en aquel lugar solo quedan los charcos, los ladrillos, el teñido asfalto ya lavado por la lluvia y por supuesto, la muerte. A ella no le interesa quién la ha invocado, solo hace su ingrato trabajo.

Sangre roja - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

Sangre roja
En esa casa no vive su madre, vuelvo a decirle a la Señora Alcocer. Ella me mira pero no me reconoce. Después sonríe enfadada y
permanece horas allí sentada, como esperando un milagro. Anochece, y desde mi ventana la veo marchar con la cabeza gacha en su coche rojo. Me recuerda el color de la sangre de su madre. Sangró mucho. Quizá sea el único recuerdo que aún conserve, por eso no me animo a llamar al teléfono que aparece en los anuncios de se busca que la señora Alcocer pegó en las farolas.




Seudónimo: Reina Cleopatra

sábado, 22 de julio de 2017

ME CAGO EN TU PECHO. - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"


ME CAGO EN TU PECHO.

Tenía el peinado de Lennon, a principios de los sesenta, cuando era un niño bueno y no le sangraban las letras a borbotones del corazón. Atractivo, sí, no en sus mejores días y después de sus peores noches pero atractivo; de postura erecta, hombros erguidos y pecho afuera buscando atrapar el aire a través del esternón. Educado, algo dejado pero con modales, actitud de vendedor
dispuesto a regalarte los oídos con humo. Humo que escapaba de su nariz tras la última antes de atravesar la puerta, calada nerviosa, inquieta, quizá angustiada. La celeridad de sus últimos gestos delataba el inminente asedio de inquisitoriales entonces.
Entonces, tienes un proyecto empresarial? No, por favor, Dios me libre; entonces, estás trabajando en la construcción? No, bueno, quizás este intentando construir mi vida pero no creo que me interrogases en tan metafóricos términos.Entonces? Entonces me gustan las furgonetas al igual que disfruto ante tu incredulidad hacia mis preferencia. Soy paciente. Adora el espacio, la amplitud. No, y la sorna de tu mirada no me hace dubitar. Yo no soy como ellos, un debiera más en el mundo. No pretendo fingir. O peor, aspirar a ir siempre dos pasos por delante de lo normal, en la vanguardia de la normalidad, el edil que el normal envidia, el envidiado. Lo normal me aburre. Qué cojones, lo normal no existe, se pudre al tocarlo, se derrite. No tiene materia que lo sustente es solo forma y formalismos. Protocolos, estrategias, aprendizajes, proferencias que se repiten, espacios comunes, palabras recurrentes, expresiones neutrales, conceptos políticamente correctos, oficiales, compartidos, reproducidos e impuestos. Normal es norma, exclusión, grilletes candentes que estrangulan la personalidad, normal es jaula colectiva. Yo no veo nada de normal en tus argumentos, en tu expresión pedante de: “ya vendrás y me dirás”, en tu cabeza ladeada con reminiscencias de: “ya te lo dije y el no serás el primero que vuelve”. Me cago en tu pecho y en tu esternón crecido buscando atrapar el aire.ICONOCLASTA. Esa palabras sí me gusta, esa sí, esa me alegra la mañana, me traduce lo que me rodea. Una nube de creencias y supuestos que revolotean y se fecundan al tic tac de la historia; continuamente. Que necesitan ser derribados. Y fuera, solo veo una maraña de zombis envidiosos “encanvernados” en un yo ideal que les es extraño, que no les pertenece. Y se creen libres, y se creen  normales, pues que crean. Que crean que conseguirán ser felices siguiendo el manual de los cien pasos para ser normal, pero que a mi no me molesten, yo me bajo, no comparto, me salgo de este absurdo puzle de piezas erróneas. Seguiré buscando el sendero, el mío, dónde encontrar un rincón soleado, bucólico, bajo pinos de Alepo y  golpeado por la brisa marina con aromas de salitre. Un rinconcito donde aparcar mi furgoneta, sí la que tu me vendiste, y seguir versando sobre ti, señor normal.


Sion Capçana

ASALTO A CASA DE LOS MORRISON - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

ASALTO A CASA DE LOS MORRISON
 
Los ladridos del perro de los Morrison me despertaron en medio de la noche. Me levanté y, sin encender ninguna luz, me moví sigilosamente hacia la ventana de mi dormitorio. Vi dos siluetas humanas, que estaban saltando la verja que separaba el jardín de los Morrison de la calle. Mientras aquello sucedía, los ladridos del perro se hacían más potentes y seguidos, aquel animal estaba
histérico ante la presencia de aquellos desconocidos.
Me puse nervioso y volví sobre mis pasos para dirigirme, en total oscuridad, hacia el salón. Cuando caminaba por el pasillo, se escuchó un golpe y cómo un cristal se debía haber hecho en mil pedazos. Me apresuré, guiado con mis manos que las deslizaba por la pared, pues no veía nada. Una vez estaba en el salón, me dirigí hacia el mueble donde sabía que estaría el teléfono y palpé, nuevamente, con las manos hasta dar con él. A tientas marqué con avidez el que creía era el número de la policía, pero erré debido a la poca luz y a mi estado. No obstante, al iluminarse la pantalla y el teclado pude, definitivamente, marcar el número correcto:
- ¡Policía, dígame!
- Soy un vecino de la calle Mirror…, - no podía continuar, tuve que hacer una pausa, pues la ansiedad me podía-
- ¡diga, señor!, he tomado nota… calle Mirror.
- ¡Perdone, estoy muy nervioso!, le decía que he podido ver a dos personas que han saltado a casa de mis vecinos, los Morrison y, posteriormente, se ha oído cómo se rompían unos cristales. Es el número 69 de la calle Mirror.
- ¡Entendido, señor!, ahora salimos para allá. ¡Manténgase en su casa, gracias!
Colgué el teléfono y volví como pude a la ventana, no se escuchaba nada ni se veía movimiento de ninguna clase, es como si allí no hubiera sucedido nada. El perro también se había callado, lo cuál era aún más extraño.
De repente se enciende una luz en la primera planta, al tiempo que se oyeron gritos aterradores que debieron despertar a todos los vecinos de la calle. Fue un instante y volvió a hacerse el más absoluto silencio. No se escuchaba nada, a pesar de mis grandes esfuerzos por centrarme en mis oídos. Toda la atención estaba en ellos, pero nada, solo la luz de la primera planta había quedado encendida.
Yo seguía a oscuras en mi dormitorio, postrado en la ventana, mirando fijamente la casa de los Morrison por si veía algo anormal, pues ya comenzaba mi mente a advertirme que lo próximo serían las bolsas con los cadáveres, arrastradas, para ser enterradas en el jardín.
Alguien camina dentro de aquella habitación iluminada, pero no acierto a reconocerle. En aquel instante, la calle casi a oscuras comienza a reflejar las luces rojas y azules de la sirena de la policía, que llegaba en silencio, solo producía destellos potentes de luz. Se bajó un policía y llamó al timbre de la vivienda. Abrió una persona, que yo no conocía.
                             


   IBADOLA

LA MENTE TE JUGÓ UNA MALA PASADA - I Concurso de microrrelatos "La cruz del Negro"

                         LA MENTE TE JUGÓ UNA MALA PASADA
 


Era un 23 de Noviembre, arreciaba el frío y la niebla, en la calle apenas si se podía ver a dos metros por delante. El silencio reinaba, todos parecían haberse quedado en casa. De repente, una forma humana que se tambalea… se aproxima a mí y cae contra el suelo, justo a mis pies. Era difícil ver la cara amoratada y cianótica que presentaba aquella persona que yacía junto a mí. Miré a mi alrededor, pero nadie transitaba la acera en aquel instante. Me incliné hacia aquella persona que parecía…¡jolín, está muerta! Nervioso, volví a mirar alrededor deseoso de que alguien pudiera echarme una mano, pero la bruma no me permitía ver nada. Me levanté y me dirigí hacia la luz del bar, yo sabía qué tipo de establecimiento era porque había caminado por aquella vía miles de veces. Entré y en su interior no había nadie, ¿dónde se había metido todo el mundo, aquella tarde?
Volví al lugar de la escena donde yacía aquella persona. Su cuerpo, frío y amoratado continuaba allí tendido mientras que su ropa se humedecía debido a la niebla. No sabía qué hacer. Pensaba al mismo tiempo que procuraba calmarme. Escuché un vehículo que parecía avanzar por la calzada hacía el lugar donde estábamos, así que decidí pedir ayuda. Me aproximé al límite del acerado para que me pudiera ver el conductor, hice aspavientos con mis brazos y grité, pero la poca visibilidad lo impidió. Una vez más, miré hasta donde alcanzaba mi vista y no vi a nadie. Retorné al bar que seguía vacío y al que pude localizar, a pesar de que la niebla aún era más densa. Traté de encontrar el cuerpo de la persona tumbada en la acera, pero fue en vano. No veía nada y me recliné, aproximadamente en el lugar donde creía haberle dejado. Con los brazos trataba de ir palpando el suelo con la intención de toparme con su cuerpo. Al no encontrarlo sentí una ansiedad que me ahogaba. Daba vueltas en aquel lugar y de repente mis manos tocaron unos zapatos, pero la posición de aquellos me indicaban que la persona se había levantado… ¡no era posible! Aterrorizado fui levantándome y no di crédito… un policía se encontraba a menos de una cuarta de mi cara. Nos miramos fijamente por unos instantes, totalmente en silencio, que solo fue roto por la voz áspera y tosca del agente: ¿se le ha perdido algo? Me quedé sin palabras, no podía articular sonido alguno. Mi pelo se había erizado, todo mi cuerpo se encontraba estremecido… ¡no puede ser!, me dije una y cien veces. Quise correr y alejarme a toda velocidad pero mis piernas no me respondían. Estaba despavorido, aterrorizado por lo que estaban viendo mis ojos. Aquel agente era el mismo hombre que minutos antes yo había visto sin pulso sobre la acera de la calle.
                                                                                       

 IBADOLA